martes, 20 de septiembre de 2011

christopher bowder



CHRISTOPHER BOWDER, DE MANSIONS, ES MUUUUUUUUUUUUUUUY TITO!!!!!!!!!!!

escucharlo y volver al 2008, así, de repente. 

lunes, 19 de septiembre de 2011

el futuro

el cabecilla de la banda se llamaba lars. algunos de ellos eran latinos pero, en su mayoría, la banda estaba formada por tipos escandinavos y caucásicos. raro ¿verdad? normalmente se asocian las bandas a otras etnias (no seré yo quien las mencione), pero ésta banda era una banda DEL FUTURO y joder así eran las cosas allí. (note el lector cómo me refiero al futuro en tiempo pasado, dejando claro que ya he estado allí). 
así que bueno, estaba yo allí en compañía de mi padre -en el futuro, por si no ha quedado claro aún- y nos disponíamos a comprar un coche. yo había cumplido los 30 y por fin me había sacado el carnet. no es que fuese lo normal en el futuro -ni mucho menos- pero así era. como tampoco tenía un empleo estable mi padre estaba allí, ayudándome económicamente para que adquiriese mi primer -y, posiblemente, último- automóvil. 
joder ahora que lo pienso, en el futuro yo era un perdedor en toda regla. no tenía empleo, ni coche, ni pareja. además tenía 30 años, que es una edad que suena muy terrible para todo (menos para casarse). la verdad no sé si eso era lo habitual allí -lo dudo- pero es que era mi puto primer día en el futuro y estaba comprando un coche. 
entonces, como les venía contando, estábamos eligiendo el coche. habíamos ido a muchos concesionarios y a visitar a amigos de mi padre, pero todos nos pedían millones de pesetas por auténticas mierdas de coches. ah, quizás no se hayan enterado... en el futuro españa vuelve a la peseta. no sé en qué año exactamente, pero cuando yo tenía 30, todo era en pesetas. 
aquellos chavales más jóvenes que yo manejaban buenos carros. el cabecilla -un tipo rubio con una cinta en el pelo y chándal- me ofreció un último modelo con tan sólo mil kilómetros por un precio de risa. además de eso, si pagaba ya, me regalaba otro coche más pequeño. ustedes pensaran que aquello no podía ser -se trataba de coches casi nuevos en perfectas condiciones- pero todos parecíamos convencidos. nadie pareció extrañarse. aquellos tipos actuaban de forma fría y calculadora, no había sitio para la camaradería. nos puso algunas condiciones estúpidas en el contrato, como tener que llevar una pegatina con las siglas de su banda y comprar pizza para llevar una vez a la semana en el restaurante de su colega neels, pero lo hizo todo con mucha religiosidad. 
ahora cuando lo cuento la gente suele reaccionar diciendo que cómo fui tan gilipollas, que cómo me dejé estafar de aquella manera. joder estábamos en el puto futuro, y habían pesetas. así funcionaban las cosas... además, se suelen olvidar de que, al fin y al cabo, lo guapo de la historia es que yo estaba en el futuro. 

lunes, 5 de septiembre de 2011

3 VECES AL DÍA



papel-higienico.jpg


No le gustaba su trabajo. Se tiraba ocho horas al día en aquella oficina, sintiéndose productivo solamente a ratos. Al menos tenía jornada continua, hecho que le permitía tener algo de tiempo para sí mismo durante las tardes. 
Se había pasado cinco años sin pena ni gloria en una prestigiosa facultad privada. Hablaba idiomas y se podía decir que había viajado bastante (aunque no tanto como sus pretenciosos compañeros de cátedra, que sentían que si no se gastaban mil euros en el billete no era viajar). No le costó demasiado encontrar un primer empleo aceptablemente remunerado. Miraba a su alrededor en la oficina. Poco tenía que ver con aquella gente. No se interesaba demasiado por ellos en sus pausas del café, tan sólo hablaba de fútbol con algún becario o ponía excusas baratas cuando era invitado a la cena mensual del departamento. 
Lo hacía tres veces al día; una al despertarse, otra al volver de la oficina y la última antes de acostarse. Alguno podría decir que son muchas veces, pero a él no se lo parecía. Algo tenía que hacer para seguir adelante. 
Conocía a mucha gente en la ciudad, pero ya se había hartado. Con sus tres veces al día le bastaba. Esos cinco minutos le hacían olvidarse de todo y volver a sentirse en la cima, donde un buen día estuvo. 
Muchas veces pensaba en dejarlo, pero los dos mil euros al mes que cobraba no estaban nada mal. Podía permitirse un pequeño apartamento para él sólo, decorado a su gusto minimalista y con una asistenta que venía dos días a la semana a limpiar y plancharle la ropa del trabajo. El fin de semana podía emborracharse en los bares y comer un par de porciones de pizza a las seis de la mañana. Solía quedar con sus amigos para ‘‘buscar chicas que llevarse a casa’’, pero se pasaba la mitad del tiempo pensando en sus tres veces al día y creía que no le hacía falta más. Se podría decir que incluso lo prefería. Toda esa palabrería, invitar a copas y prometer cenas o lo que fuese ya le cansaba. 
Hacía cinco meses que no la veía y se sentía mejor. ``Otras vendrán´´-le decían sus amigos- pero a él le daba igual. Estaba bien así; él y sus tres veces al día, sus tres veces al día y él. Su dinero en el banco a fin de mes. Su reticencia a los grandes planes y sus viajes low cost de fin de semana para visitar a amigos borrachuzos y solitarios. 
Alguno podría decir que tres veces al día son muchas veces, pero a él no se lo parecía. Era lo que le permitía seguir adelante.

jueves, 21 de julio de 2011

comida china



Miguel era mi compañero de piso. Compartíamos aquel zulo en una callejuela cerca de la estación desde hacía algo más de un año. Tenía la misma edad que yo y ambos estábamos tratando de acabar nuestros estudios. Creo que una vez le oí decir que estudiaba en la escuela de Ingenieros, pero tampoco podría jurarlo. Ese era el tipo de información que Miguel y yo considerábamos totalmente prescindible. 
Me gustaría describirle exhaustivamente pero, para que se hagan una idea de cómo era, creo que mejor les mostraré un pequeño resumen de un día cualquiera en su vida:

06:00 am La luz que entra por la ventana le despierta. Se ha vuelto a olvidar de bajar la persiana.
10:30 am Suena su despertador. Lo apaga.
11:30 am Decide levantarse. Pone rumbo a la ducha. Es un tipo aseado. 
12:00 pm Baja al bar de abajo y desayuna. Tostadas, ensaimada, zumito de naranja y Cola-Cao. No ha probado el café en su vida (tampoco le hace falta). Lee el Marca. 
12:45 pm Vuelve a casa y se sienta frente al televisor. Siempre ponen algo que le gusta. Espera a la llamada de su novia (él nunca la llama...)
...

Y bueno, más o menos creo que ya se dan cuenta del tipo de persona que era. Nunca supe cuánto tiempo llevaba con aquella chica -yo ni siquiera la conocía- pero salían bastante por ahí. El resto del tiempo lo pasaba frente al televisor o conmigo. 

Un día estábamos los dos tirados en el sofá. Hacía un calor de horrores. Estábamos en pleno mes de Agosto -ambos teníamos exámenes en Septiembre- y no podíamos ni movernos. El piso no tenía aire acondicionado, así que nos apañábamos con un viejo ventilador que nos había prestado el casero. 

-Joder tío, qué puto calor...- me dijo. 

-Ya ves... Creo que me voy a quedar pegado al sofá. ¿Te queda tabaco?

-No tío, y eso es lo peor de todo. No me quiero imaginar qué pasaría si salgo a la calle con este puto calor. 

-¡Mierda! ¿Vas a quedar con ésta hoy?

-Vendrá a casa en un rato... Creo que ya va siendo hora de que la conozcas. 

Me fijé en él detenidamente y me di cuenta de que nos parecíamos bastante, tanto en estilo de vida y eso, como físicamente. Ambos éramos castaños con el pelo bastante largo. Ninguno de los dos tenía mucha vida social ni planes de futuro. Sin embargo, Miguel tenía una novia. 

-¿Está buena?- pregunté. 

-Bastante tío, bastante... Creo que ésta vez he dado un buen golpe. 

-Entonces habrá que verla.

Nuestra camaradería era bastante especial. Sabíamos que ninguno de los dos éramos el tipo de amigo que presentas a tus padres, ni con el que irte de viaje al fin del mundo en velero. Éramos sencillamente un par de colegas. Un par de tipos, ni más ni menos. 

A eso de las ocho llegó. Se llamaba Luisa. Tenía el pelo liso y lucía un escote tremendo. A decir verdad, Miguel tenía razón; había dado un buen golpe. Después de las presentaciones, pensé que se largarían al cuarto de Miguel y eso. Pero no fue así. Fueron al salón y me invitaron a acompañarles. 

-Bueno, al fin y al cabo ésta es mi casa, ¿no? -dije. 

Luisa no hablaba mucho. Había venido bastante arreglada. Miguel y yo parecíamos dos zánganos: en calzoncillos y vistiendo camisetas de propaganda. Pasados los minutos, Miguel y yo seguíamos llevando el ritmo de la conversación. Yo intenté meterla un poco, pero contestaba tímidamente, con monosílabos. No es que fuese una idiota ni nada por el estilo, pero se la veía algo nerviosa. Al cabo de unos minutos, Miguel propuso pedir comida china. Todos estábamos de acuerdo, así que llamamos. Pedimos de todo, un buen festín pre-exámenes. Luisa se mantenía un poco indiferente, pero la escuché decir que tenía hambre. 
Nos dijeron que tardarían 40 minutos. Miguel se acordó de que no tenía dinero en la cartera, así que dijo que tenía que se iba a un cajero. Lo lógico habría sido que Luisa se hubiese levantado para acompañarle, pero no fue así. A ninguno de los dos pareció extrañarle la situación. Simplemente era eso; un tipo yendo al cajero a por pasta mientras que su novia esperaba en casa con el compañero de piso de éste. 

-En diez minutos vuelvo, hay un cajero aquí al lado-dijo. Portaos bien.

Vaya panorama... Ahí estábamos Luisa y yo muertos de calor con la tele estropeada. Yo me sentía algo incómodo -hay que tener en cuenta que ella no tenía una gran conversación- y ya no sabía qué más decirle. Era una de esas tías a las que hay que sacarles las palabras con cuentagotas. Hubo un par de minutos de silencio. Ella jugaba con uno de los cojines y miraba su reloj de pulsera constantemente. Pasados diez minutos, Miguel aún no había llegado. Al cabo de veinte, tampoco. Lo mismo pasó después de treinta. Y cuarenta... 

Entonces, pasados exactamente cuarenta y cinco minutos, Luisa se levantó como quien recibe órdenes de arriba. Como un robot autómata de una película de ciencia ficción, se dirigió hacia mí y me entregó una carta. Era de Miguel. Decía lo siguiente:
 
Hey tío de verdad que lo siento pero tengo que largarme. Me han surgido unos asuntos y me marcho de la ciudad. No sé si volveré o no. Sé que lo comprenderás. No dejo nada en mi cuarto (acaso alguna vez lo hubo?). Ah, te dejo a Luisa para tu uso y disfrute personal (al menos durante ésta tarde). No es mi novia ni nada por el estilo, es una puta que me debe un favor (pero te lo hará a ti, ya me entiendes). No te preocupes por el tema de la pasta, ya lo he arreglado todo con ella y lo de la comida también. Creo que esto compensará mi huida. Ya me pondré en contacto contigo cuando solucione ciertos temas. Cuídate y disfruta de Luisa... 

Miguel

Cuando levanté la vista del trozo de papel, ya estaba en ropa interior. <<Joder, está verdaderamente buena>> -pensé. En seguida me vino a la mente aquella frase de una novia que había tenido: <<jamás te permitiría que te fueses de putas, ni aún habiéndolo dejado conmigo>>. Joder, siempre jodiendo los momentos interesantes de la vida... Lo que la pobre no sabía es que, por muy puta que sea, mientras uno no saca el dinero de SU cartera, aquí nadie se ha ido de putas... 

-Y bien guapo... ¿Por dónde quieres que empiece?
 

miércoles, 15 de junio de 2011

metiendo la vida en cajas




A veces me sorprendo metiendo mi vida en cajas. No es que sea lo habitual, pero me ha tocado unas dos o tres veces en los últimos cuatro años... Resulta un poco frío decirlo asi, ¿no? Como si los recuerdos e ilusiones pudiesen empaquetarse o algo por el estilo... La primera vez fue con diecisiete años, pirándome de casa con abrazos y lágrimas. Me monté en el avión y me olvidé de todo... Para volver a empezar, aunque de otra manera.

Así que aquí estoy, metiendo mis singles de los Smiths en cajas de zapatillas Puma, en compañía de mis compactos Anagrama, mis libros de cuentos de Salinger y mi colección de tarjetas de restaurantes. Me fijo en la ropa que empaqueto y me veo a mí en otro tiempo. Me fijo en las cosas sin ningún valor material que quiero conservar y me veo en el futuro, en otro piso, en otra ciudad, guardándolas otra vez... Puede que para volver a largarme, para seguir huyendo o para sentar cabeza con alguien que me haga ver las cosas desde otra perspectiva, aunque me guste la actual. Me veo el lunes 27 en una oficina haciendo algo, intentando caer simpático y pensando en mis historias y en mis libros. En escribir sin pretensiones. Que venga lo que tenga que venir pero que no me falten ni papel ni boli ni ideas. Parece que fue ayer cuando me lancé a ésta aventura y parece que fui ayer cuando lo dejé por primera vez.

Como dice mi buen amigo Luis Garay: ''el tren pasa otra vez, pero no lleva al mismo destino''. Que nunca nos falten las palabras ni el amor.
Creo que alguna vez tenía que ponerme melancólico en este humilde blog.

No olviden chequear LÍNEA SUBURBANA 2 !!!!!!

martes, 14 de junio de 2011

LÍNEA SUBURBANA #2

Pues ya está aquí el número dos... Ésta vez es temático; todos hablamos de estaciones de tren, viajes, autobuses y esas cosas que hacen que los tipejos como yo se pongan tiernos escuchando a los Get Up Kids. Pablo Poveda, Helena Exquis, Miqui Puig, Julio Fuertes y yo, entre otros.

Hope you like it y todo eso

podeis descargarlo o leerlo online AQUÍ.

jueves, 2 de junio de 2011

jejejeje

Por más que lo intentase no podía dejar de mirarla. Había pasado exactamente un año desde aquel inolvidable revolcón. Supongo que ella también se acordaría –había estado muy bien- pero el rumbo de los acontecimientos no fue el deseado. Como siempre suele pasar, el puto rumbo de los acontecimientos te jode y se ríe de ti.
Seguía mirándola, fascinado por sus looks primaverales. No era la tía más guapa del mundo pero joder, estaba seguro que era la mejor de todas las que ocupaban las sillas de aquella clase magistral… Yo seguía recordando aquel encuentro, y mis músculos se agarrotaban. Ya no sabía si era que lo había magnificado o que, para mí, fue el revolcón DEL SIGLO. El encuentro sexual definitivo. Quizás estaba extrapolando lo sexual a lo amoroso… Puede que hasta me estuviera enamorando o algo así. Daba igual, seguía mirándola mientras creía que mi miembro fuese a explotar.
Pensé en playas mediterráneas y en colinas. En viajes en coche por carreteras secundarias escuchando a Wilco. Follar como locos y hablar de la vida. Me acordé de ella sobre mi cama, la mañana siguiente a la noche de autos, desnuda y con una media sonrisa, como sabiendo que aquello suponía meterse en un buen lío pero que había merecido la pena…