sábado, 19 de febrero de 2011

JUAN CRUZ

Juan Cruz y yo habíamos pasado una tarde magnífica a las afueras de la ciudad. Me llevó a comer al bar más castizo de su barrio y, después de un par de güisquis nacionales, fuimos a buscar su coche. Juan tenía un Renault 19 que olía a una curiosa mezcla entre ambientador de pino y tabaco negro. El ambientador debía de llevar allí unos ocho años, pero Juan nunca se había molestado en cambiarlo. Después de encender un Ducados –ofreciéndome otro que rechacé- decidió que iríamos a la playa.
Estábamos en pleno mes de Febrero, pero a Juan aquello pareció importarle poco. Una vez allí, aparcó cerca del chiringuito. Sobra decir que éste estaba cerrado, pero igualmente cogimos unas viejas sillas de plástico descolorido –creo recordar que promocionaban un refresco de frutas- y nos sentamos a ver el mar. Al principio hablamos poco –Juan era un tipo parco en palabras- pero, al cabo de unos minutos, empezó a reflexionar en voz alta sobre cuestiones trascendentales de la existencia. Teorizó sobre las mujeres, los hombres, el implacable transcurrir del tiempo y, cómo no, sobre los viejos tiempos.
Lejos de preocuparme, comencé a pensar que aquello era mucho más propio de mí y, en cierto modo, cuando veía y escuchaba a Juan, pude verme a mí unos meses atrás. Las dudas comenzaban a asediarle, temía las consecuencias de cada paso que daba y, un rato después, me confesó lo mucho que echaba de menos a Paula y cómo no había podido olvidarla.
Yo preferí quedarme callado y esperar a que acabase. Quería absorber todas y cada una de sus palabras, como si fuese el punch que recibe los golpes del púgil justo antes de subir al ring. Quería darle un consejo válido, hacer que se sintiera mejor, ofrecerle un cigarro para después coger el coche de nuevo y llevarle a hacer algo que le aliviase.
Quería… Quería… Juan me dijo que se iba a mear, y yo –respetando ese código no escrito entre caballeros- opté por no acompañarle.  Pasados unos minutos, al ver que no regresaba, decidí ir a buscarle.
No tardé en encontrarlo, estaba justo detrás de uno de los frigoríficos que guardan los helados. Estaba allí, tumbado en el suelo. Pensé que bromeaba. Me acerqué y estaba frío. No había restos de sangre. No había oído nada. En su rostro una expresión seria y fría. Temblaba mientras se agarraba el brazo, apretando su pulgar contra él. A su lado, una jeringuilla. No fui capaz de articular palabra. Él tampoco. Tuve que meterlo en el coche y llevarlo hasta su casa. No conocía a nadie de su familia, así que preferí dejarlo allí. Se quedó descansando en el parking. Aquel fue el viaje en coche más largo de mi vida con Juan Cruz. 

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